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Commando Antipelmas

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September 20

Cuentacuentos.

 

Recuerdo como si fuera ayer aquellas terroríficas noches que pasaba en casa de mi abuelo.

Tenía una habitación para que yo pasara aquellos momentos adornada con sus trofeos.

Aparte de ser cazador, su otra afición era disecar lo que cazaba. Sus presas.

Las noches las pasaba con las sábanas tapándome enteramente.

Sabía que aquellos animales me espiaban por las noches. Podía oirlos moviéndose despacio, acercándose a mi.

Jamás levanté las sábanas. Podía oir los ruidos que emitían perfectamente, pese a que mi abuelo me decía que no eran más que terrores infantiles. Ellos me intimidaban. Era como una primera noche en la selva. Susurros ininteligibles que no tienen prodecencia, pero que te taladran hasta que no puedes ni pronunciar palabra y la orina te recorre las piernas.

Un dia pescando con mi abuelo, atrapé un pez bastante grande.

No recuerdo bien si era un salmón, un atún o qué. No importa.

Desde luego lo que sí recuerdo bien es que era muy grande, y que no dejaba de colear por la falta de aire. Aquel bicho llevaba unos 15 segundos coleando por su vida. Sentía cierto morbo por verle luchar inútilmente por cada bocanada de aire.

Iba a morir, y yo estaba en primera fila de ese espectáculo.

Entonces fue cuando mi abuelo me contó que los peces tiene una memoria muy pequeña, tanto, que para aquel pez era como si llevara toda la vida muriéndose.

En ese momento comprendí lo cruel que era sentarme a ver aquello, así que cogí una piedra y comencé a golpear violentamente el pescado, hasta que no quedó más que una masa de escamas, carne ,vísceras y espinas. Sentí una sensación extrañamente agradable que jamás había notado antes. Mi abuelo me gritó e intentó detenerme, pero le aparté de manera asombrosa.

Cientos de noches pasaron en vela en casa de mi abuelo.

Poco a poco me enseñó la técnica que usaba para mantener "vivos" aquellos animales. Creía que si sabía cómo lo hacía podría evitar que me hicieran daño. Después de todo fue mi abuelo el que me dijo que había que conocer en profundidad aquello que nos da miedo para hacerle frente.

Pasó el tiempo y aumentó mi admiración por la taxidermia.

Afición que no resultaba muy normal entre los niños de mi edad. Aquellos estúpidos niños no me entendían.

Siguió pasando el tiempo, y me casé con aquella chica tan maravillosa que conocí en la Universidad.

Tuvimos hijos. Construimos un hogar. Éramos una familia feliz.

Éramos...

No pensé en el momento en que maté a mi perro cuando mordió a mi hija que pudiera tener un problema. Eran hechos que yo creía aislados. Después de todo, actuaba por algo que consideraba bueno. Juré que nadie haría daño a mi familia y así sería.


Pero algo pasó en nuestra tranquila ciudad.

Una pequeña banda de mafiosos se instaló ganando poco a poco reputación y consiguiendo mantener amedrentada a toda la población. No podñiamos permitir aquello, así que unos cuantos vecinos y yo empezamos a reunir información sobre aquellos maleantes. Pero nos involucramos demasiado en el plan, acabamos muy enredados y metiendo las narices hasta muy hondo.

Entonces, aquellos mafiosos nos recordaron porqué eran tan peligrosos.

Cuando llegué a mi casa habían clavado los testículos de mi hijo en la puerta de la casa.

Las cabezas de mi esposa e hija me miraban desde la mesa del recibidor, junto a varias cartas y una nota:

"No te metas con la HOSTIA".

 

Salí de aquella miseria lo mejor que pude.

Algo sonó dentro de mí, un sonido seco, como una rama al partirse en dos, y lo supe. Me alisté.

Era lo único que consideraba oportuno por aquel entonces. Tenía que dejar atrás mi vida.

Me lo habían arrebatado todo y no quería vivir en las cenizas.

Pero descubrí que esto era lo mío. Era bueno matando.

Lo supe desde el momento en que sufrí mi primera erección matando aquel pez.

 

 

Y así es como llegué aquí, muchacho. Pero no así, claro. Fue culpa de aquella mina antibarcos.

Salí de aquello como buenamente pude. Recogí los miembros más fuertes y enteros del resto de mis compañeros, los que mejor me podían servir. Como tributo a mis compañeros caídos y para poder seguir viviendo.

Me costó. Perdía mucha sangre mientras intentaba coser aquellas extremidades a mi irreconocible cuerpo.

Tras lo que creo que fueron varios días desmayado llegué aquí.

Me acogísteis, y me ayudásteis a salir adelante de aquella desgracia.

Siento mucho cómo me puse al ver mi rostro en aquel espejo... Pero sé que comprendísteis que aquella masa destrozada, mostrando hueso y músculo, llena de metal, pondría violento a cualquiera.

...

 

No podíamos creer lo que veíamos. Nos acercamos despacio. El pueblo entero masacrado.

No había nadie vivo, pero lo parecían. Parecían casi vivos. Parecían maniquíes.

 

En todos mis años de vida no había visto jamás semejante barbarie.

Algo era seguro, como engancháramos a los artífices de esto no iban a salir vivos.

 

Recordé de pronto a nuestro amigo, su extraña afición.

Y allí estaba.

 

Poco a poco nos acercamos más a él. Estaba en el porche de una pequeña casa de madera.

Sostenía algo entre sus brazos. Algo rígido, de un tamaño pequeño...

Sparrow comenzó a vomitar, mientras me decía si veía lo mismo que yo.


 

-Amigos - dijo Ralph al reconocernos -No esperaba volver a veros-. Dejó al muchacho que había disecado y con el que parecía que estaba hablando y se dirigió hacia nosotros, dispuesto a saludarnos.

Una sensación desagradable recorrió mi cuerpo. Un agrio sabor a bilis.

 

¿Hasta qué punto puedo perdonar a un amigo?


July 26

Diario de guerra.

Día A

Por fin la cosa se pone interesante.

Ya estamos todos: Ralph, Arnol, Quijadas, Vanilla Ice, Lopera y los demás.

Hemos recibido por fin los suministros.

Lo más destacado aparte de las armas ha sido una colección de revistas de filatelia y las pinturas de camuflaje.

Quijadas ha hecho un comentario sobre cómo le quedaban las pinturas a Ralph que nos ha parecido muy gracioso a todos menos a él. Le ha arreado con la culata de su M-16, y una vez en el suelo le ha aplastado la nariz a puñetazos.

Si esto no es diversión no sé qué puede serlo.

 

Día B

Me han llamado los de arriba. Tenemos una misión que cumplir en algún lugar recóndito de este apestoso lugar. Hay un pequeño problema, ninguno recordamos muy bien las lecciones prácticas de cartografía, así que no sé muy bien si podremos llegar al sitio correcto. Aún así, si nos equivocamos de lugar haremos lo mismo, con la excepción de que será más divertido porque no es trabajo sino placer.

 

Día C

Nos ponemos en marcha.

Mis perfectas máquinas de matar lobotomizadas y yo nos vamos directos a la batalla. Me doy cuenta de que la pintura de camuflaje reseca mi piel tersa y suave (por muy rudo que sea, uno no debe descuidar su aspecto jamás; cuando vuelva de la guerra crearé una tendencia que he pensado llamar "metrosexualidad", estoy seguro de que seremos pocos los que caeremos en sus redes, pero seremos los mejores) y cómo me he puesto ternesco mientras esperábamos las ordenes, también me he percatado de que me aprieta la sisa del pantalón que es una barbaridad.

Lo voy a pasar muy mal cuando me excite en medio de la carnicería.

 

Día D

Hemos llegado a lo que creemos que es la zona en cuestión, pero no estoy muy seguro, porque en el mapa todo se ve desde arriba y plano y esto es todo muy tridimensional (estoy bastante confuso respecto al tema mapas).

Hay gente y tal.

No vemos nada sospechoso, aunque hay unos niños jugando al balón con un estilo claramente aprendido en colegios de nuestros enemigos -me siento tentado de ir allí y pincharles el balón-. He ordenado a los muchachos que rodeen la zona y me avisen si encuentran algo. Vamos a tomarnos nuestro tiempo, no quiero que ninguno de mis compañeros (y amigos) caiga por errores tontos - por dios que bajo y se lo pincho-.

 

Día E

Qué festín, nos lo hemos pasado genial. Tanto que parecía una despedida de soltero. Ha habido hasta bailoteo con las aldeanas. Aunque Ralph se ha emocionado un poco con eso de "Vamos, perra, baila que te vuelo los pies".

Hay que darle clases de cómo tratar a una dama, aunque no vaya a sobrevivir a nuestro paso (pero que al menos se lleve un recuerdo medianamente bueno, que vea que lo hacemos sin odio, que sólo es nuestro trabajo, trabajo que amamos, pero trabajo al fin y al cabo, lo que se dice cumplimiento del deber).

He llamado a los jefes y les he dado lo que creo que era mi posición actual. Para comprobar que no me había equivocado de zona les he dicho que aquello se nos iba de las manos y que necesitábamos que los aviones arrasaran con aquello.

Hemos dejado unos malbabiscos en medio, que el napalm les da un regustillo bastante hogareño.

No me he equivocado. Hemos visto el napalm caer. Como cuando te explota un petardo bien gordo en las manos.

 

Día F

Han pasado semanas desde lo del napalm. Los chicos están abatidos. No sé muy bien que hacer. Están molestos, les falta algo.

Arnol está partiendo piedras con la cabeza, es un buen guerrero, siempre ocupado.

Ralph a vuelto a pegar a Quijadas, esta vez por ver a quién le tocaba fregar los platos. Lo haría yo, pero el jabón que tenemos me deja las manos fatal, y mi crema hidratante se ha acabado. Creo que esta mañana les voy a llevar a dar una vuelta por algún campo de minas.

 

Día G

Ralph ha desaparecido y al volver traía lo que parecía la cabeza de lo que antes era un ser bípedo vivo. A este chico no se le puede dejar solo. Pese a que tiene ciertos aires amanerados no hay opción de confundirle. Es un hombre, y es, sobre todo, un comando. Está mal que lo diga, pero él y Arnol son los únicos en los que confiaría mi vida.

Estoy algo estresado, necesito 5 minutos a solas con la revista de filatelia para despejarme.

He ido a ver si encontraba el dichoso campo de minas. Mañana por fin les llevo.

 

Día H

Decido que lo más interesante es jugar al Twister en el dichoso campito. Estos chavales no tienen miedo a nada, como debe ser.

¡¡¡Buahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!! Ha sido la leche ,cuando estábamos jugando han aparecido varios pelotones de airamitas.

Estábamos completamente desarmados. Arnol se ha arriesgado para darnos tiempo a coger la artillería. Se ha marcado un sprint tan brutal que ha mandado a tres mamones de esos a Winsconsin de una patada, les ha reventado a los tres las costillas, aquello parecía una peli de Alien pero del revés. Nos hemos armado y en medio del campo de minas hemos esquivado balas y explosivos.

Ha sido genial, estamos todos fantásticamente bien (debo acordarme de quitarme el entrecejo y hacerme las ingles, esto ya es horroroso).

 

Día I

Es un día triste. Estoy borracho, en una posada de un pueblucho de mala muerte. Me ha dado igual entrar. Mi vida ya me importa poco.

Incluso me da igual que cancelen mi suscripción al Cosmopolitan.

Estábamos en una playa cercana a la movida del otro día...

Arnol y yo nos quedamos hablando. Me contó historias de su Burgos natal. Cosas fantásticas, por lo visto tienen unos animales que si les exprimes las tetillas dan una cosa llamada queso. Me dio tanta morriña el hogar cuando habló , y se me puso tan tierno... "Sparrow, es usted el mejor hombre que he conocido jamás, por usted haría lo que fuera".

Y.. ante eso ¿qué hice yo? Contarle la verdad... no le dio tiempo a decirme nada, porque oímos una explosión brutal en la zona donde los muchachos estaban nadando.

Corrimos en distintas direcciones... me siento mal, estaba con la guardia tan baja después de contarle mi secreto a Arnol que reaccioné como un novato. Creo que ese fallo me va a costar muy caro.

Ahora estoy solo aquí.

He decidido nombrarme gobernador supremo de este tugurio. Si alguien tiene algo que decir que venga que le mato.

 

Día J

Hoy he visto algo que no esperaba ver...

 

 

-Arnol...

-Sí, teniente.

-Deja de leer. Tenemos que hacer algo, mira...

-Dios... sí... vamos...

 

Y así, el teniente y yo hicimos algo que jamás pensamos que nos podría ocurrir.

Decisiones, decisiones.

 

 

July 18

La locura de nuevo


Decidimos que para salir de allí lo mejor era pegarnos una buena parranda antes, como recordatorio de lo que iba a ser solo un recuerdo, valga la redundancia.

Mi asco hacia la gente del lugar se me debía reflejar en la cara de tal manera que Sparrow me leyó la mente.

Acudimos raudos a la posada, para el gran homenaje.

"Noche de hombres".

De camino hacia allí haciamos el paseillo a los pobres que se topaban con nosotros.

Nada como abusar y reirse de los débiles, qué grandes cosas se aprenden cuando eres soldado.

Bueno,eso y partir nueces con las manos, algo útil cuando en medio de la selva no tienes el corazoncito ese de metal que suele venir en las nueces... qué simbólico,un corazon frío, duro... para partir nueces.

Una buena definición de lo que éramos.

Partiamos nueces y cabezas, jugábamos al baseball con las cabezas de nuestros enemigos, y a la petanca con... a la petanca, qué divertido era aquello.

Cómo chillaban.

Nos adentramos por fin en la posada,con la excitante idea de emborracharnos con alcohol del fuerte, torturar a alguien y... bah, lo que surgiera. Cuando el mundo es tuyo las cosas simplemente salen.

Llamamos al cocinero.

Nada personal.

Le corté el cuello.

Los cuatro vejetes que había me aplaudieron... Sonriendo por mi proeza y por su muestra de afecto me acerqué a ellos.

Les maté.

Me bebí sus copas y les robé lo que tenían. Uno tenía un collar especialmente bonito que por supuesto me apropie indebidamente.

No quiero entrar en detalles de la locura de noche que pasamos, de comandos por el pueblo, recordando viejos tiempos.

Una vez acabamos con toda la poblacion civil Sparrow recogió sus cosas, encendió un puro y tiró la cerilla sobre su colchón. La cabaña prendía como el pelo de un melenudo. Odio a los tios que se creen chicas,nada como un buen pelo a cepillo.

Quemó su pasado como mi abuela quemaba el arroz con alubias.


Sparrow me dijo que a unos 20 Km. había una playa. Una posible ruta de fuga.


En poco menos de una hora habíamos vuelto a los buenos viejos tiempos. Estábamos completamente desatados, de haber tenido pluma hubieramos sido las más locas del lugar.


No sabíamos realmente qué ibamos a hacer, simplemente improvisábamos, como los buenos.


Éramos los mejores con diferencia.


Corríamos a toda leche hacia aquella playa, dispuestos a vapulear todo aquello con lo que nos encontráramos. Como aquella caravana de malabaristas. Plas -plas.


Pero algo pasó.


Sparrow se tiró al suelo, como dolido.


No sabía qué le pasaba, pero al poco me di cuenta, esa vida de dejadez le había pasado factura. Pese a todo lo que él creía se había convertido en un civil. En un maldito civil,con problemas de civiles. No me hubiera sorprendido después de ver eso si se hubiera quejado de tener mal la manicura.


Se arrodilló como pudo, con la cabeza gacha de vergüenza, mientras agarraba mis tensos gemelos.


-"Dios, no, creía que aquí podría olvidarlo,pero no puedo. Es tan... tan..."

-"Teniente,tranquilo. No se me altere. Tanto tiempo lejos de la acción abotarga al mas pintado".

-"No lo entiendes. Yo... no quiero volver,me da como una cosa en el pecho volver..."

-"Lo comprendo, a mi también me pasa. Esas ofertas del Ikea pueden con el temple de un tio duro".

-"Si, el tiempo que estuve en casa me volví adicto a comprar pintura plástica. Es algo fantástico, puedes manchar lo que quieras que con un trapo humedo se va todo. Ojalá se fueran igual las manchas de la conciencia".

-"Teniente,es un soldado, la conciencia no existe para nosotros. Somos como animales,solo que nosotros no nos tapamos el culo con el rabo".

-"No, no es por eso, es por... Tengo que contarte un secreto, pero antes...Ven, sígueme".


Un secreto. ¿Otro más? ¿Aquello no se iba a acabar nunca? ¿Por quién me había tomado? ¿Por un cura? ¿Por un sicólogo? ¿Por baby secretitos?


Desandamos lo andado como buen desandador que desanda. Y nos dirigimos por una senda, hacia... pues hacia donde quisiera llevarme. Debo decir que estaba un poco acojonado, Sparrow estaba tan mal que casi creía que me iba a dar el "palo" y dejarme sin nada en medio de aquel lugar.


Después de más de 2 horas de andar sin cruzar palabra, nos aposentamos en unos arbustos y me dijo que mirara.


-"No veo nada aparte de hojas"

-"No idiota, a través de los arbustos. Mira, mira bien".

Y carajo si vi. Aquello me dejó... Fue pura emoción.

-"¿Por qué no me lo dijiste antes, Sparrow?"

-"Espera, primero lee esto y quizá así me comprendas".


Me dió una especie de cuadernillo.


"Mi pequeño diario de guerra , por el Tte. Sparrow" ponía en la portada.


Sin duda aquello me produciría cierto estupor, semejante título solo podía aventurar turbación. Pese a la ansiedad que me produjo lo que acababa de ver me puse a leer.

July 12

El reencuentro.

 

 

Aquel estanque construido a base de cañas, piedras y una sustancia extraña que lo unía todo, era el centro de la aldea.

Si podía llamarse aldea a cuatro casas mal hechas y dos edificios.

 

A la izquierda estaba lo que parecía el cuartelillo de la policía, y justo enfrente, una especie de posada.

Era todo lo que había alcanzado a ver antes de escuchar la voz de Sparrow. Al acudir los recuerdos a mi mente, todo lo demás se desdibujó.

 

Allí estaba él. Diez años después. El tiempo no perdona.

Ni siquiera a las leyendas.

 

Apenas se tenía en pie. Había salido de la posada y apestaba a alcohol a kilómetros. De haber habido un incendio, habría sido el catalizador. Pero aún no estaba borracho. El tío tenía aguante.

Algo lógico para quien conociera su situación.

Su vida. Su pasado. Es lógico que quiera olvidar.

 

Aún llevaba el uniforme militar.

Un uniforme gastado, raído por el tiempo, por las ratas y Dios sabe qué más. Su dejadez no me sorprendió. Siempre fue bastante guarro. Sólo decir que jamás lo vimos asomar por las duchas del cuartel. Aunque, o era muy guarro o muy listo... porque allí se resbalaban las pastillas de jabón muy a menudo... 

 

A pesar del alcohol que él llevaba encima y de toda la roña que llevaba yo, me había reconocido. Jamás olvidaba una cara.

Supongo que yo tampoco había cambiado tanto, aunque a mí me pareciese que ya no era el mismo. Sentía que había muerto hacía mucho tiempo y que vagaba sobreviviendo como podía desde hace milenios.

Sí, habían pasado diez años, pero entre él y yo era como si no nos hubiésemos separado. Podría decirse que éramos amigos. Habíamos desafiado juntos a la muerte. 

Demasiados momentos compartidos. Y demasiados secretos. 

 

Me acerqué a él, y a unos pasos me soltó:

 

-          ¿Qué hay, viejo amigo? – No estaba tan mal como parecía.

 

Me invitó a pasar a la posada.

 

Creía que tenía que pasar desapercibido.

Y así era, pero no como imaginaba en un principio. Para conseguirlo debería haberme revolcado primero en una porqueriza.

De todos los allí presentes, yo era el más aseado.

 

¡Dios santo! Y pensé que yo olería mal. Aquello era nauseabundo. Y el calor que hacía allí dentro lo empeoraba aún más.

Mezcla de gasolina diesel, coliflores al vapor, patas podridas y roquefort, todo junto dentro de un horno.

No creo que hubiesen ventilado aquel sitio desde los principios de la Creación. Y probablemente si lo hubiesen hecho, habrían descubierto algún cadáver.

 

El suelo era un barrizal, y en él se mezclaban restos de comida y excreciones que preferí no identificar.

 

Los parroquianos eran pocos pero exquisitos.

Además de Sparrow y de mí mismo, había tres viejos desdentados, más llenos de mierda que el propio local (quizá por eso no se pronunciaban sobre el tema) que hablaban a gritos entre sí mientras echaban una partida a algún juego con unas piedras, un grupo de oficiales poniéndose ciegos (por lo que se ve el tema de los funcionarios con los horarios es universal) y un gordo enorme detrás de la barra. En principio, mi estómago rogaba porque no fuese el cocinero, pero mi cerebro no tuvo más remedio que consolarlo.

 

Aquel tipo, era unos 150 kilos (puede que más) de masa grasienta, sudorosa y  maloliente. Iba vestido con una camiseta que probablemente le pusieran al nacer y un delantal que podía haber sido en su momento blanco. Afortunadamente no alcanzaba a ver más. Si hubiese querido ir de incógnito a alguna parte, no creo que lo hubiese logrado.

No sólo porque era distinguible desde la estación espacial, sino también por su cara. Qué poema de tío. Y creía que yo era feo. Puedes ser tuerto, pero tápate esa cuenca, joder, que es desagradable de mirar.

Ya me hubiera gustado ir de ligue con él en mis años mozos por las discostecas de Burgos. Me lo habría comido yo todo, y no como pasaba en realidad, que el Richi se llevaba a las pocas que conseguíamos no espantar, el muy cabrón. Alguna leche se llevó, pero pocas. Mayormente porque nos acercábamos a las que iban pedos o a las que estaban muy desesperadas.

 

Aunque yendo con el doble de Hulk también podían haber salido despavoridas, con semejante presencia...

 

No sabía qué hacer. Estaba hambriento.

Lo último que había comido había sido la pantorrilla cruda de un pobre desgraciado, porque en aquella maldita selva no había bicho viviente alguno salvo aquellos proyectos de soldado.

Si pedía algo de comer, me arriesgaba a cualquier cosa. Y dudo mucho que hubiera un libro de reclamaciones o un buzón de sugerencias.

 

Esperé a que Sparrow hablara. No tuvo que decir nada. El cocinero tuerto le puso un plato por delante con algo indefinido dentro. Sparrow me acercó la escudilla y me invitó a que la probara.

El calor y el hambre se unieron para hacerme perder la cabeza y lanzarme sobre aquella cosa.

Mientras me lo tragaba sin pestañear, no hacía más que pensar cómo habría acabado Sparrow allí. Le pregunté sin rodeos.

 

Se quedó pensativo.

 

Recordando.

 

La vida da muchas vueltas, me dijo.

Un día estás en una playa caribeña, retirado de todo, disfrutando sin preocupaciones... Viviendo día a día como si siempre fuera un domingo de agosto, donde da igual que mañana sea lunes... 

Y otro te despiertas y ves que es exactamente eso. Que todos tus días son iguales. Hoy idéntico que ayer durante tres años.

Que si te levantas, que si te vas de pesca toda la mañana, comes, duermes hasta la noche, te vas de copas, te pedas, duermes la mona y empieza otro día más. 

 

Tú me conoces, me soltó. Soy un hombre de acción. Esa vida no es para mí. Eso es para mariquitas.

Estar tumbado en una playa, tocándote los cojones. Sin hacer nada. No, eso no es lo mío. Así que me largué. Volví al negocio.

 

No conozco otra vida. Era soldado y lo sigo siendo.

 

No se lo pensaron cuando me presenté allí y les dije que quería volver. Se frotaron las manos.

Me asignaron unos muchachos y una misión. Todo volvía a ser como antes.

O casi todo.

 

Aquellos no eran soldados. No eran como nosotros. Sabes que para esto hace falta ser de una pasta especial, y ellos no lo eran.

Traté de entrenarlos. Ya conoces mi sistema. Sudar sangre. Así se forjan los guerreros. Pero aquellos niñatos se rompían en dos días. Que si se nos ha acabado el gel, que si se me olvidó el desodorante, que si yo soy vegetariano y necesito un menú especial... mariconadas.

Me exigían resultados, pero no había manera.

 

Ocho meses después presenté mi informe.

No estaban preparados era la conclusión.

Les faltaba cuajo, temple. Ellos no quisieron aceptarlo y siguieron adelante con la misión.

 

Acabamos aquí, veinte hombres y provisiones para un mes.

A los dos días sufrimos el primer asalto.

Estábamos inspeccionando el terreno, y de repente, sentí algo.- Sparrow escenificaba las batallas como nadie. de no haber sido guerrero, podía haber sido actor. En el fondo es prácticamente lo mismo. Dejarte el culo en el trabajo - 

Una presencia. Alguien nos observaba.

Les hice una señal, pero no sé qué coño creyeron que era que se pusieron a cantar y bailar una Georgie Dann. Y al instante empezó a caer una lluvia de balas desde la espesura que parecía que hubiese llegado el monzón. Tantos frentes que no veía ninguno.

Quedaron como coladores.

 

La playa volvió a mí en ese instante.

 

Impotente, no podía hacer nada por ellos. Ya sólo podía poner a salvo al resto. Siete contando conmigo.

Estaban acojonados.  

No hacían nada sin cagarse encima y por el mínimo ruidito salían huyendo a zancadas. Es como si mi trabajo de meses con esos muchachos se hubiese evaporado. ¿No habían aprendido nada?

Miedo del enemigo, miedo de la selva, miedo del hambre, miedo de morir. Tenían miedo de su propio miedo.

 

Joder, un soldado, un guerrero en condiciones, si tiene miedo se lo calla. Apechuga y con dos cojones hace lo que tenga que hacer.

 

Pero aquellos chavales no lo eran. Poco faltó para que se mataran o se comieran los unos a los otros, lo que primero sucediera.

 

Mientras me contaba todo esto, también yo recordaba.

Aquellas misiones con Sparrow. Muchos caían, pero no tantos como mencionaba ahora. Así quedaban los mejores.

Los que él eligió para su equipo. Aquellos fueron los mejores tiempos. Cuando el trabajo era abundante y el enemigo numeroso. Las misiones eran arriesgadas, pero no nos importaba.

No éramos sólo un equipo, éramos una familia.

Compartíamos la comida, el catre, la zanja para cagar y hasta las mujeres. Aquellas noches en la sabana, en el desierto, en la jungla, o cuando llegábamos a un pueblo y arrasábamos con él.

De misión o de diversión. Balas, alcohol y mujeres.

En lo bueno y en lo malo.

Era duro, pero era como debía ser, coño. 

Si no te has enfrentado a lo peor que existe en el mundo ¿cómo vas a enfrentarte a tu propia muerte y salir vencedor? Supervivencia. Así era y así es, simple y llanamente. O matas o mueres.

 

Y así pasó. Todos acabaron muertos.

Dos de ellos murieron por picaduras; a otro se lo tragó un banco de arena; una serpiente más grande que un oleoducto acabó con el cuarto y el quinto. Y el último, se suicidó. No aguantó la presión de ver morir a los demás y de verse allí atrapado. Se metió una granada en la boca e hizo bum. Confetti de sesos.

La mascletá no es nada comparado con aquello.

 

Me arrastré por la selva durante dos años hasta que llegué aquí. Me apañé una radio e intenté contactar con ellos.

Pero ya sabes cómo funciona.

Si fracasas, no esperes que vayamos a buscarte.

Si te cogen, no tenemos nada que ver.

 

Y era cierto. Exactamente eso me estaba pasando a mí.

 

Pero no había sido el caso.

No había fracasado yo, sino esos soldados de juguete que me dieron. O quizá ni siquiera esos muchachos. Los desgraciados que los mandaron aquí sin que estuvieran preparados eran los culpables.

Es muy fácil matar dándole a un botón o firmando una orden.

La sangre no te salpica los ojos, ni nadie te agarra desesperado mientras le degüellas.

No será a ellos a quienes les cueste dormir porque les asalten los fantasmas. Sólo ordenan y ponen la pasta. Acabad con éste. Zas. Hecho. Y no hay problema.

 

Así que me lo pensé mejor. ¿Para qué llamar? Ahora no sabían qué había sido de mí. Las últimas noticias que recibieron era que estaba con seis hombre más en plena selva. Para ellos estaba muerto. Así decidí que siguiese siendo.

Y aquí llevo desde entonces.

 

Desolador. Un hombre que lo había sido todo. Una leyenda viva. Allí, en el culo del mundo, en una posada infecta bebiendo hasta perder el sentido.

 

No me preguntó cómo había acabado allí.

 

Sobraban las preguntas, él sabía que aún estaba en activo y que no podía contarle nada. Sin embargo, verle así, me produjo una extraña desazón. Me ví a mí mismo reflejado en él.

Así acabaría si no lograba salir de allí.

 

Y estaba claro que no vendrían a buscarme.

 

Sólo podía confiar en él.

Igual que él en su día confió en mí para guardar el secreto.

Sólo él podía ayudarme.

 

Como si me hubiera leido la mente, su mirada, fría y dura, serena a pesar de aquel brebaje casero que tomaba sin control, me lo dijo todo.

 

Salimos de aquel lugar, y la luz y el aire me devolvieron los sentidos.

 

- Vamos, querrás descansar. Ya veremos qué hacemos.

 

 

Y así empezó todo.

 

 

 

 

July 07

Aquella playa.

 

Allí estaba.

 

Era diminuta y apestaba a airamita, pero seguro que habría alguna buena zagala con la que desfogarme o alguien con información poco interesante al que poder torturar y así relajar un poco los nervios. Esa aldea era el sitio ideal para mi transición.

Apestaba, y los niños huían de los cochinillos hambrientos. Sólo me faltaba una piña colada con sombrillita y un lanzallamas bien candente para sentirme en el paraiso.

 

Aquel lugar pedía a gritos un macho que arrasara con él.

 

De repente oí una voz que no esperaba volver a escuchar jamás.

Un Dèja-Vú se apoderó de mí.

 

Aquella misión suicida volvió clara a mi mente.

Con 15 hombres y liderada por el teniente Sparrow. Salimos airosos,ni un rasguño. Todavía recuerdo el sonido de nuestras ametralladoras... Esos avispones salían del cañón, al rojo vivo de tanto disparar (es recordarlo y ponerme a cien), y chocaban contra aquellos capullines traga arroz.

¡Dios! Nada es comparable a aquello.

 

Recuerdo también aquella noche en la que Sparrow y yo mantuvimos aquella charla que me cambiaría para siempre.

Los muchachos decidieron disfrutar del mar. Ese mar.. maldito

 

- Tocar la boya y volver - dijo Ralph, el inocente Ralph.

Apenas sabía sumar y escribir.

Habría llegado lejos en el Ejército.

 

Todos corrieron a la playa y se lanzaron al mar de cabeza, speedicos, con la adrenalina y restos corporales todavía presentes. Oh, los muchachos, qué felices eran por haber salido ilesos de aquella batalla. Todos nadaban al unísono, con una perfección inmensa, en sincronía.

Todos llegaron juntos a aquella... a aquellla... ¿boya?

 

No era una boya...

Era una maldita mina antibarcos...

Dios, qué casquería.

 

El teniente y yo huimos nada más oir aquella tremenda explosión. Me recordó al sonido de los barracones después de un buen rancho de alubias. El sonido del dios trueno retumbando en las paredes de un lustroso inodoro. Rapapampán!!.... como un villancico.

 

Me sentí mal. Sparrow corrió hacia un lado y yo hacia otro, temerosos de que los airamitas oyeran el alboroto y vinieran a rematar la faena. Dejé aquel collage que eran mis amigos por miedo.

Lo reconozco, aquello era miedo.

 

Sparrow y yo nos sinceramos poco antes, mientras los chicos se emocionaban con aquella playa. Yo le conté mi infancia en mi Burgos natal. Aquellos campamentos locos descubriendo experiencias nuevas con mis amigos, aquellas clases individuales de aseo personal con el monitor, los domingos de parrillada y dando pan mohoso a los animales...

 

Sparrow me contó... me contó... aquello...

 

Tras volver en mí , centré mi mirada en él.

Su voz había despertado un recuerdo que ya creía que no existía.

 

El recuerdo de aquella misión,

 

de aquella conversación,

 

de su secreto...

 

 

 

 
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